Los lunáticos se recostaron sobre la tierra y miraron todo lo posible a la vez; como si pudiera no escapárseles nada entre tanta mierda de inmensidad.
Uno dijo que justamente eso era lo que le hacía mal: no poder concentrarse en nada.
A otro le vinieron a la mente todas las conversaciones que mantenía con sus múltiples personalidades, y quiso hacer algún comentario al respecto, pero la alarma sonó como siempre en el momento menos esperado. Era la hora de los premios.
-Qué infelices- dijo otro.
Los demás lo miraron de reojo y se tomaron de la mano.
-En este tipo de situaciones, los acontecimientos se suceden con la más amplia naturalidad, uno detrás de otro, y nadie espera ningún tipo de secuencia lógica- dijo uno de más allá, que observaba todo con aire orgulloso.
Los demás se tomaron más fuerte de las manos y empezaron a girar. Las canciones religiosas se las había enseñado uno que ya no estaba.
-Por lo general, cuando ya no están, no están- dijo el de las personalidades múltiples- a menos que disimuladamente los traigamos a la memoria.
Con "qué infelices", se refería a que se la pasaban repitiendo mentalmente las últimas palabras que habían escuchado, y a que separaban en sílabas con los dedos de las manos hasta que les daba un número par. Incluso a veces usaban sin querer estructuras gramaticales cada vez más complejas, cuando la enfermera había recomendado oraciones simples, sujeto y predicado, no más de seis palabras.
El que alguna vez había sido vendedor de diarios era el que todas las tardes conducía la ceremonia. Se jactaba de tener el mejor oído del sanatorio, porque escuchaba silbidos de trenes que nadie más era capaz de oir.
Una vez que hubieron entonado las canciones religiosas (con excepción, claro está, de una mujer que había sido prostituta, y que por su incapacidad de emitir palabra se conocía con el apodo de la mudita), la ronda se dio por terminada.
Los internos formaron un semicírculo. El vendedor de diarios se dirigió con solemnidad hacia el frente, se paró sobre un banquito de material y empezó a pronunciar las mismas frases que repetía cada tarde:
-Señoras y señores, desde el Teatro...
Los demás lo miraban con respeto y algunas risas. Respeto porque el canillita era un hombre bueno, al que todos conocían bien porque había ido a parar ahí hacía ya muchos años.
-Sin embargo, no hay tal cosa como una locura colectiva- anunció el de aire orgulloso, más conocido como el ingeniero, queriendo quizá hacer notar que él no era de los que se tomaban en serio la entrega de premios. Su interlocutor no era nada menos que uno de los doscientos hijos que, según su propio testimonio, se alternaban para ira visitarlo cada semana.
De los demás, muy pocos en verdad le prestaban atención a la ceremonia. Los más afortunados se hallaban sumergidos en un estado de continua y completa percepción. El verdadero interesado era un hombre muy rubio, casi albino, de unos treinta años y carácter violento, apodado el polaco.
La ceremonia concluyó cuando la enfermera le acercó la pastilla de las seis al de las múltiples personalidades.